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Mi primer relato

Según algunos, en las antiguas tradiciones de Australia, el hombre está hecho para cantar, esa es su funcion, y por eso tienen las letras...

Mi primer relato


Según algunos, en las antiguas tradiciones de Australia, el hombre está hecho para cantar, esa es su funcion, y por eso tienen las letras más hermosas, las que narran todo lo que sucede, ese es su motivo de ser para el orden del universo, siempre lo ha sido y siempre lo será.
Mi primer relato fue el relato más importante de mi vida, pasé casi una eternidad tratando que tuviese toda la fuerza que hasta entonces había soñado debían tener los buenos relatos, quise también que infundiese calor y confianza para quienes fuesen capaces de leerlo, que aquella fuerza tuviese una dirección y fuese positiva, que la alegría de la vida fuese inherente en el. Pero no se crean, no quería que fuese un relato rosa, si no que tuviese implícito todo el dolor de la realidad, que se notase el esfuerzo que costaba conseguir superar cada reto. A fin de cuentas necesitaba que algo de todo lo que había ido oyendo en mi pequeña existencia tuviese su presencia en mi propia voz, reconocer y prestar mi propio tributo. Por eso tarde cuatro segundos en romper a llorar cuando el médico me azotó el culete, porque había ido cogiendo impulso durante nueve meses de observación y meditación para poder decir que por fin había venido al mundo.

Idolos

Idolos de sí mismos que se quedan sin caras, nada parece importarles y nadie sabe que tienen bajo sus barbas.
Esclavos de sus silencios se quedaron sin sus propias palabras, bajo el sol del tormento una estaca de hielo por sus hambrientos corazones formada, en hilera la adoran la convierten en un muerto, dejandola en la tierra clavada y ofreciendole juramento.
Repitiendo las fábulas de los ancestros, olvidan la persistencia de lo eterno, cómo si todos los caminos cupiesen en su cesto, quieren meter la infinitud en su triste huerto.
Se les olvidó que al igual que un padre que ama a un hijo, para aconsejar en la vida, al cruzar la calle o mirarse en un espejo no se puede aplicar el mismo verbo.

Al respecto

Algunas veces me gustaría estar loca de atar, para ver lo malo del mundo de una vez entre barrotes.

Sobrevivir al odio

Sobrevivir al odio, al simple odio que todo lo enajena, al odio terco y visceral que no tiene fundamento alguno. Saberse víctima de la tempestad salada de muerte que lo circunscribe y anclar la razón en el endeble montículo que sobresale en esa pequeña corriente de lagrimas dulces con la que nacimos. Esperar, un día, un mes, años. Rezar porque no se sumerja eternamente y observar como la marea sube y baja, tratando de no perder la esperanza, quietos y atentos por si perdemos el asiento y prestos para restablecerlo. Todo para al fin, cuando se da el cambio, poder arrastrarnos hasta ese hilo, el hilo de lagrimas dulces, que nos conducirá a tierra.

Infancia

Mi infancia es un olor a leche y galletas que se queda impregnado en el calor del pecho de mi abuela. Mi cabeza reposa sobre ella, sobre todas sus blusas de flores. Mis ojos cerrados, después haber estado intentando ver el sol de forma directa por un instante, antes de intentar ver las fábulas en las formas de la luna. 
Mi infancia es un continuo ponerme a prueba, daba lo mismo que se tratase de intentar atravesar una pared que andar a las carreras. Luchas con palos jugando a los mosqueteros, no sé si era yo la que sobre el cesped acababa tirada (haciendome la) muerta o si eran mis mayores a los que traía de cabeza.
Mis primeros años fuerón jugar a descubrir el mundo, disfrutar las lagartijas, las mariquitas, las ranas, los hamnsters... temer a las arañas y soplar cienmil veces mis cienmil deseos idénticos a los voladores que me encontraba.
Descubrir el tacto de una pluma, indagar el equilibrio de una regla sobre una goma de borrar, las caras sobre las bolas del arbol de navidad, aprender a silbar, la primera pompa de chicle y muchas cosas más.
Todo lo que te contaron era mentira, si que existe alguien imprescindible: Tú (Para vivir tu propia vida)

Mudanza

Cómo ya somos cuatrocientos en el grupo han decidido hacernos una mudanza, no es que no estuvieramos cómodos, es que dicen que vienen muchos más. Cosas del destino, espero que la dueña cambie de habitos y decida hacer grupo mixto, más que nada porque desde aquí veo los colores del otro grupo y me sobra chispa. Especialmente me gustan las líneas que puedo divisar desde la reja marrón del sitio que habitamos. 
Enfrente tenemos la alegría y la diferencia, que estamos los cuatrocientos algo cortados por el mismo patrón y resulta muy aburrido.
Me encantaría compartir un lugar oscurito sin pasar demasiado frio ni calor, entre la juerga de los que no tienen marca. Que está bien que los Bic seamos los mecheros preferidos, pero me aburre el clasismo del estanquero.
Si por lo menos la dueña comprase los cartones de tres en tres, en vez de de seis en seis, seguro que saldríamos ganando.

Estetica

Estética
El restaurante en el que nos encontramos tiene cierta categoría, es algo que se nota al entrar; las mesas están separadas, algo más que lo suficiente para sentirse a gusto, para no notar los movimientos de los comensales de la mesa de al lado, dentro del propio territorio, para no sentir el aire que respiran; son de madera, de madera obscura, y están recubiertas por unos cubres blancos y largos, de una tela gruesa y lisa, los manteles que están sobre ellos son de amarillo claro; las servilletas blancas, sobre unos platos sencillos, tienen la forma de la cola de algún pájaro. La definición del sitio podría ser: sobrio, austero, robusto pero con encanto. Deben de ser las cortinas sobre las vigas de las ventanas o el color y la textura, lisa y cálida, bastante clara de la pintura de las paredes, las que le dan el encanto; 2,5 metros de altura (Digo las paredes y no el techo, porque eso siempre me ha dado mucha rábia.). Las sillas se encuentran separadas y paralelas a 8cm de las mesas, invitando a sentarse, los cubiertos a 2 cm del borde, las copas impecables.
A la entrada se encuentra la barra; es negra, cómo las vigas; detrás de ella, además de un camarero pulcro y con un aire ciertamente muy ario, aunque de pelo ocastaño, se encuentran 7 repisas con todas las bebidas espirituosas que se puedan apetecer, desde las típicas y baratas a las exquisiteces más rebuscadas que se encuentran destacadas en el centro del punto de mira del recién llegado. Bien estudiado.
Parte de la bodega se encuentra a la vista, siendo de esta forma, además de funcional, parte de la decoración: Tres armarios de diseño, color marrón ébano, que mantienen los blancos, los tintos y los rosados a la temperatura apropiada, incluso según los años.
La estancia principal tiene la forma de una ele, o del salto de un caballo de ajedrez, con la barra descrita perpendicular a la linea de la puerta, que está en una de las puntas de las lineas del angulo. 
Si uno avanzase tendría que girar a la izquierda.
Existen dos salitas pequeñas que hacen las veces de salones reservados, una subiendo unas escaleras, hacia un segundo piso, casi en el recodo de la ele; la otra, una vez pasado el mismo, conformaría, de no ser por la separación, un rectángulo con la primera estancia, son para los clientes importantes y las parejas afortunadas.
La música ausente ha reportado el beneficio de la serenidad al restaurante, también mucho aburrimiento al personal contratado, y ha evitado sectorizarlo al goluzmero bolsillo del dueño. 
Cuatro son las camareras monas y bien dispuestas, con la misma sonrisa perenne del buen criado antiguo y los modales precisos; van vestidas de camisa amarilla, más claras aún que los manteles, y un gran delantal negro que apenas deja ver los pantalones del mismo color y que casi se pueden mover con el remolino de aire que acaba de entrar por la puerta recién abierta.
-¡Hola chato!
El que acaba de hablar es un hombre de fuerte complexión y más de cuarenta años, bien entrados pero encanecidos. Prosigue:
-¿Está libre nuestro sitio? ¡Claro que sí, seguro que somos los primeros?
Sus modales son chavacanos, se siente la arrogancia en el grave, excesivamente confiadoy demostrativo de su voz, pero el camarero, detrás de la barra, sonrie con humildad ante su rolex, su traje y los veinte chavos que dejó la ultima vez que vino, allá por el mes pasado.
-Claro señor, siganme.
Le sigue el hombre, la chica pelirroja que pasó justo detrás de él, ojos verdes, carita angelical, piernas bien moldeadas, disparadas de su minifalda verde, un buen par de rotundidades...
Si fuera rubia, lo sería espectacula,mente, al no serlo posee el añadido del exotismo. Debe de rondar los 25. También le sigue un hombre tán joven cómo para ser un chico, la mirada algo perdida, se intuyen al menos dos copas, algo renuente en la actitud de sus movimientos, con ropa de marca pero de corte sencillo y vieja: vaqueros, polo de cocodrilo, jersey anudado al cuello, el peinado muy corto y moderno, algo largo en el centro, fijado hacia arriba a mechones rebeldes.
El mayor se adelanta al camarero, le llama chavalote y le da un par de palmadas en el hombro que resuenan contra su cavidad torácica a la entrada del reservado central.
-¡Traénos lo que quieras, pero que esté bueno!¡Eh! Psi... ¡Y la carne para una manada de lobos! Tu ya me entiendes.
El camarero se aleja, el trió se sienta, la mano del hombre se osa sobre el muslo de la chica, bajo la mirada del chaval.

Cielo

llegó al cielo y creyó que era suyo. Aquel sería el máximo castigo, jamás olvidaría lo que se había perdido

Halloween en cien palabras

La fiesta anual corrió por todo el barrio, perdiendo sus sortijas por los bares hasta quedarse borracha a unas cinco de la mañana en el pub "Perdición". Ellos comprendieron querer continuar en un motel.

Malevola se bajo de sus tacones, Franquenstein se arrancó los tornillos. Ella arrancó un trozo de su falda para quitarle el maquillaje, él extendió sus brazos hacia la cara de ella para quitarle la máscara.

Y entonces se vieron: El hombre con el que salia hace cuatro meses, que la emborrachó para hacer cosas sin protección, la mujer que dijo haberse quedado embarazada para cazarlo.

 ¡Huyeron despavoridos!

La familia perfecta


En el comedor, tras las cortinillas naranjas, esas traslucidas que se movían con el aire, estaban Marco y Aurelia; llevaban poco tiempo viviendo juntos, así que hablaban casi de todo, intentaban sentar las bases de "Algo sólido".


Cristina, cómo buena cotilla que era, aprovechaba los escasos 3 metros del patio interior que separaban su reciente "Cuarto de estar" y el comedor de la pareja. Ella siempre había tenido sus inclinaciones, pero realmente cualquiera pondría oidos a aquel par de heavis del amor.


Aquella misma mañana, por ejemplo, Marco, se había atrevido a preguntarle a su novia por sus relaciones anteriores y ella, ni corta ni perezosa, le había estado contestando sincera y abiertamente.
La conversación había seguido con las relaciones de él y, ahora, entre el olor de la coliflor y la labor de punto primorosa de la vecina indiscreta, seguía como sigue:


-Yo no creo que seas machista, lo que pasa es que habeis tenido los oidos convenientemente abiertos a lo de que la mujer tiene que trabajar, por eso ahora nos va cómo nos va.
-¿Y eso que tiene que ver con lo que te he contado?
-¿No me estabas contando porqué lo dejaste con Luisa?
-Si, porque era estrecha de miras y no quería hacerlo encima.
-Pués eso.
-No te entiendo.
-Mira, en realidad es muy sencillo: Si la mujer no hubiese tenido acceso al trabajo no habrían bajado los sueldos, si no hubiesen bajado los sueldos no haría falta que trabajasen dos personas fuera de casa; entonces las familias no hubiesen ganado la misma cantidad de dinero, las casas no habrían podido subir tanto de precio en el mercado y ahora no sería indispensable que las dos personas trabajasen para poder tener hijos.
-Estoy de acuerdo, por eso no quiero tener hijos.
-Claro y por eso digo que yo no creo que seas machista, si fueses machista querrías que las cosas volviesen atrás, o peor aún que tu novia o tu mujer trabajase fuera y dentro de la casa más que tú.
-Tu sabes que me parece bastante serio, sin tener hijos, tener que trabajar doce horas y volver a casa a fregar los platos.
-Claro pero Luisa escuchó hablar de los neomaltusianos en la cafetería, de hecho te lo comentó.
-Si...
-Y ella se pensó que tú ya te habrías informado y que querías tener niños. Venía cansada del trabajo y se mosqueó porque se vió sobrecargada.
-Los musulmanes tienen la culpa de que cortase con Luisa.
-Bueno de todo se puede aprender, yo contra los neomaltusianos abogaría por la familia triparental.
-¿Eso es nuevo?
-Si, de mi cosecha, resulta evidente que con las lavadoras, frigoríficos, comidas precocinadas, microondas y demás, ya no existe el acuciante trabajo del ama de casa y una persona puede hacerse cargo de más tareas o personas en ese aspecto.


Cristina se comía un bollo de chocolate y rezaba porque soplase el viento para ver la cara de Marco, el silencio parecía decirle que estaba sonriendo.


-Siempre que me toque con dos hombres, claro, y que yo sea una de las personas que trabaja fuera. No es que no juegue con la idea de tener niños, es que no tengo buenos recuerdos de cuando le tenía que limpiar los mocos a mi hermana.


Seguro que Aurelia había conseguido borrar la sonrisa de su novio, en boca callada no entran moscas.

Productividad

Nunca pudimos conocernos porque estabamos aprendiendo cosas útiles, pero los sonidos y las imágnes que nos bombardeaban a todas horas nos inducieron ilusiones y sueños, nos sustituyeron las relaciones de nuestras vidas, sucedaneos productivos.
No nos dimos cuenta y pasaron los años, creíamos saber quienes eramos y el significado de los actos, pero no tuvimos tiempo de abordarlos y desarrollarlos porque estabamos trabajando.
Un día en el metro ibamos llorando la necesidad de nuestros instintos acorralados, la música era suave, y deseabamos el contenido imaginado tras las escenas tantas veces repetidas que solían acompañar esas notas.
Nos encontramos, nos miramos y abrazamos el espejo de nuestra desolación creyendo que así llegaríamos a brazar nuestros deseos de amor y de ternura.
Decidimos casarnos y tener niños, y lo hicimos.
Lo hicimos dia tras dia, entre papeles, sudor, esfuerzo, lagrimas, penurias, deudas, cacerolas y tapers de espaguetis.
Sin vernos, sin poder hablarnos, sin compartir apenas tiempo, fustigando a nuestra prole para que asegurar su subsistencia en la productividad. Y por las noches, cuando nos acostabamos, nos acostabamos con los recuerdos de las historias que visionamos, con las melodías que escuchabamos en otras voces, con la música perenne de los cuentos de hadas, rezando porque los niños nunca despertaran.
Pero los niños despertaron, y despertó su llanto; y con el llanto de los niños despertó su hora de trabajo; y todas nuestras lágrimas y las suyas vinieron a parar a nuestras gargantas y nunca pudimos hablarles porque nos ahogabamos, y nunca pudimos hablarnos porque nos setíamos culpables.
Nuestras cabezas dejarón atrás los sueños y la realidad de los recuerdos nos atormentaba en cada sonido, en cada verbo, en cada acto. Y entonces te moriste de viejo y me quedé sentada junto a la tumba de un desconocido, un desconocido al que un día besé como si fuese mi verdadero marido.

Odio

Tu Dios exige que mates, el mio que te encierre.
Tus ancestros opinaron que es mejor matar que vivir con odio, los mios me enseñaron a evitarlo, a ser fria y acorralarlo hasta hacerlo minúsculo como un grano de arroz.
Los granos de arroz son poderosos, necesitan agua, mucha agua y llenan el estomago con el vacio de una enorme burbuja que pronto desaparece pero que parece saciar.
Mi cuerpo decía basta cuando veía correr la sangre de los niños, de los niños que nunca tuve, de los niños abortados, muertos, soportando el peso del rifle.
Las balas son rápidas, son más rápidas que las palabras.
No existen manos suficientes para parar tanto odio.
Poco a poco nos fuisteis matando, mi Dios nos falló a ambos porque el tuyo recibía más y más sacrificios y se apoderaba del mundo.
Nadie fué consolado, pero las burbujas de arroz parecían ser tan importantes...
Hoy te veo, con la camiseta jironeada en negro y rojo, buscando el grano que te falta, corriendo entre los escombros, azuzando la ira del corazón de la miseria sobre la que cabalgas, evitando las minas que colocaron tus propias gentes en la ciudad derruida que un día llamé esperanza.
Estoy sola, soy la última de mi raza, jamás podré digerir este arroz, pero siento satisfacción.
La tierra está yerma, la tierra que no volverá a ser de nadie, que no volverá a producir esta semilla.
Hoy te veo con tus quince estúpidos años, avanzando, siguiendome la pista hasta este callejón derruido; te aguardo, mientras olisqueas el aire en mi busca.
Soy la última y lo sabes, avanzas, pensando en los que no dejamos vivir en la libertad que queríais, muriendo estériles, de puro viejos o sembrando nuestros campos.
Me odias y rastreas mi olor y mis huellas, creyendo que al final encontrarás tu paraiso. Disparo el arma y acierto en el blanco, entre los dos ojos, por fin la muerte.
Hoy ha muerto un Dios bueno, nadie hay que siga sus consignas, ha muerto un Dios malo, , no queda nadie a quien sacrificar, también tu fuiste el último de algo.
Hoy ha nacido un Dios estúpido que nunca sabrá que hacer con todo el arroz que queda, se llama Soledad. Tengo doce años, me queda toda la vida para honrarle.

EL GENIO DE LA WEBCAM



Desde pequeña tengo un don: parte de mis sueños se hacen realidad, sobre todo cuando se repiten.
Así supe que los reyes magos tenían más de magos que de reyes, o que a mi amiga Violeta le iban a regalar una tablet y no le iba a gustar el modelo. Pero esta no es la historia de esta noche; la historia de esta noche es la historia de un genio maravilloso, de un genio que habitaba en la lente de una webcam de un locutorio de Valencia.

Yo había soñado varias veces con su aparición, así que iba por el mundo limpiando y enfocando e intentaba tener videoconferencias con mis contactos de otras ciudades fuera de mi casa.


Al principio pensaba que era algo cutre eso de que me vieran salir con las mesitas todas apiñadas detrás, pero a mis conocidos les dió por entender que debía viajar mucho y algunos pensaron que estaba trabajando como comercial o representante. Sorprendentemente comenzarón a mandarme enlaces a sus páginas de negocios y a sus videos musicales caseros de youtube. Cierto es que quedé en deuda con ellos: Me lo pasaba genial con sus diferentes artes pero poco podía hacer una peluquera para hacerles triunfar.


Pero volvamos a nuestra historia que es la que quiero contar, ya les hablaré otro día de cómo conseguí resarcirles ( Al menos a la mayoría). La primera vez que soñé con el genio, no lo tuve ni tán siquiera en cuenta, pués apenas unos cuantos de los trozos de mis experiencias oníricas llegan a materializarse; la segunda jugúe con la idea de pedirle que me tocase la lotería y así lo dejé; pero al soñar por cuarta vez con él... Me lo planteé seriamente.


Si me tocase la loteria. ¿Que haría con ello?


Seguramente lo repartiría entre mis conocidos, me indiqué a mi misma, pero se gastaría pronto, pensarían que seguiría siendo millonetis y que lo guardaba todo para mí, cómo la gente es tan mal pensada me llamarían tacaña y perdería a mucha gente que me importa (aunque no estoy segura de si yo les importo a ellos). No, eso no podía pasar, pediría una lotería y me quedaría con ella, tendría que simular, seguir con mi vida normal, pero no podría pagar la hipoteca de mi prima Susi (Tiene la lengua más larga que he conocido jamás) ¿Y si rompiese con todos? Sería una nueva rica, fuera de lugar... ¡Fuera la lotería! No funcionaría jamás. Tal cuál desterré la idea del genio.


Sin embargo continuaba soñando con él. Al principio, después de mis disquisiciones millonarias, me mostré reticente a considerarlo, luego quise maquinar deseos algo más útiles; hice listas con pros y contras para priorizar, pero a todo le encontraba pegas:


-Felicidad para la humanidad: Nos volvería tontos y se lavaría las manos. ¡Ya sois felices!
- Mayor respeto por la naturaleza: Dotaría de habla a los animales para que pudiesemos entenderlos mejor, pero los perros nos entenderían a nosotros, tomarían el mando y nos sacarían de paseo al parque para que les tirasemos palos a la orden de "guau" para que ellos se ejercitasen.
-Que nadie pasase hambre en el mundo: Si eso era lo mejor, pero ¿Y si le daba por conseguirlo? millones de vacas esclavizadas...


-Ya está: Que se consiguiese producir comida artificial, pero entonces no nos haría falta la naturaleza y tál cómo somos la destrozaríamos aún más.


Así fueron pasando los meses y los años: Frotando lentes en lugares insospechados (Hasta mi madre dió un alarido de alegría y sorpresa cuando le limpié la suya en su casa), el genio sin aparecer, y yo rompiendome la cocorota sin conseguir apenas nada que me convenciese pedir en tán solemne futura aparición.


Un día, creo que era de un Septiembre, trás un viaje a Valencia (Había ido allí a ver a mi tio Lucas, que bautizaba a su nueva ahijada, y tras alojarme en su casa, por motivos económicos, estabamos en crisis, llevaba cinco meses en paro pero no encontraba fuerzas para levantarme después de los gritos de mi último jefe...) necesité hablar con mi pareja (Que se había quedado en Madrid por motivos laborales) y la compañía de telecomunicaciones, cómo siempre tras una avería, llevaba una semana sin solucionar nada en casa de mi tío y sin dar la cara. 


Me vestí, bajé a la calle y busqué el locutorio más cercano, me senté en una de esas apiñadas mesitas y limpié la cámara; me había olvidado del genio.


Una nube azul y rosa salió por todo el entramado de cables, inmovilizando el tiempo para todos, excepto para mi y para el genio que empezaba a tomar sus contornos.


Cuando terminó de estirarse y desentumecer su cuerpo se puso brazos en jarras a mi lado, todo erguido, mirándome desde su metro noventa hacia abajo, donde me sentaba, y con voz profunda, sonora y gutural me dijo:


-Soy el genio de la web cam, te concedo un deseo y sólo uno, date prisa, no me hagas perder el tiempo.


Eso ya me puso esquiva: parecía un prepotente de aupa. No me quedó más remedio que acordarme de todo lo que había imaginado desear y sus posibles resultados y apunto estuve de pedirle un boligrafo bic para escribir este cuento hasta aquí.
Cosas de la vida suspiré con paciencia y quise hacerle una pregunta antes de mandarle a tomar viento fresco:


- No va a ser este mi deseo, pero me agradaría que me contases el porqué alguien tan importante cómo tú va metiendo a la gente en lios, y forzandola a elegir entre todos sus males cuál es el que prefieren eliminar en vez de ir ejerciendo tus poderes para hacer el bien común.


Mi sorpresa fué mayúscula cuando le ví abrir muchos los ojos, girándolos para encontrar una respuesta, encogiendose y arrugandose, con los brazos caidos, en un estado deplorable...


Me contó que lo había intentado una y otra vez, que siempre salierón trágedias, y que hace seismil años, llegó a tener una crisis de ansiedad, un niño viendole llorar le preguntó que si no le haría feliz devolverle la vida a su perro chucho, que era muy bueno y a el lo ayudaba mucho. El lo consiguió y se sintió reconfortado por la mirada del niño, aunque chucho pasó de él; desde entonces, con mayor o menor acierto iba por ahí repitiendo el experimento, porque no sabía que otra cosa podía hacer.
En el momento en que terminaba su narrativa respuesta empezó a sollozar,me daba tanta pena verle en ese estado....


Le puse una mano en el hombro y ví que me miraba entre acongojado y vergonzoso. Tuve un instante de inspiración, supe cómo por arte de magia cuál era el deseo correcto.


Cogí fuerzas, le miré cara a cara y, lo más dulcemente que pude, le formulé mi deseo:


-Deseo que me dejes darte un abrazo.
En la terraza una niña se sienta frente a los geranios de la primavera, quiere sorprenderlos en el juego del escondite inglés, pero núnca gana ella.
En vez de rendirse se impacienta y salta, intenta correr más que las furgonetas y ahí la tienen de baranda a baranda.
Al medio día encontró un piedra, redonda toda ella, la pinta de rojo, le pone pintas negras, para que tenga mascota el duende de la enredadera.
Sueña que atraviesa paredes y se niega a hecharse la siesta, el mundo está lleno de mágia y no entiende tanta pereza.
Con los pañuelos de la abuela hace paracaidas para los boligrafos de su hermana, le gustan las letras aunque no sabe explicarlas. Le cuentan leyendas de las que saca moralejas varias. Comprende con el alma el corazón de las palabras.
Su mente busca mil usos al tenedor de las cenas, tridente de gnomos, corona de grandes reinas, si le dan otro, teme grandes pérdidas.
A la noche habla con la almohada, le cuenta sus batallas, algo que es tán suave tiene el don de escucharla.

Superluna

 Me da miedo esa luna que tan de cerca nos mira, puede que un dia se de cuenta de quienes somos y no le guste demasiado, tal vez entonces dejen de llegarnos sus luces y sombras: su dulce melodía.
No avisó a nadie, se fue un domingo aún de madrugada, a las tres de la noche. Dejó la habitación revuelta, con la ropa más gastada tirada por los suelos. Atravesó el comedor desierto, con aquella mesa redonda y sus seis sillas sencillas, con una televisión impoluta de polvo, con apenas tres baldas de libros que nadie había leído. Se escuchaban las respiraciones del sueño de la familia: Los padres y los dos hermanos mayores. 
Abrió la puerta silenciosamente, con cuidado de no despertar a nadie. La escalada en los pirineos sería magnífica, había que darse prisa para coger carretera.
Hasta los pantalones bailan, tendidos en sus terrazas, los primeros rayos del sol al viento fresco de esta mañana.

rojos

En lo más profundo de las cuevas de Atilava no entraba la luz del Sol
Las montañas de Aruel, cuyos horst y graben, con sus subidas y bajadas de terreno características, forjasen sus formas sobre las duras cualidades del granito y las pintorescas manchas de las piedras de gneis, de naturaleza similar al anterior; refulgentes siempre en la claridad del mediodía; estaban salpicadas por obscuras y llanas pizarras, por blancas cuarcitas y gloriosos granates, ávidos de ser tallados por la mano del hombre.
En las llanuras que las proclamaban, apenas disuelto entre matorrales bajos y diversos pastos, aparecía, salpicando la estepa, ese árbol enano y retorcido que es el olivo.
Era más arriba, entre los robles melojos y los fresnos, frente a un grupo aislado de hayas, dónde se hallaban las citadas cuevas, dando posada y abrigo a las lumbres cásicas de las gentes de Esquida.
Los rojos de las llamas que consumían los troncos de pino, jugaban a saltar unos sobre otros, asustando a las obscuridades de las pizarras.
Entre aquellos rojos, que atesoraban los misterios de los antiguos ritos, que, en aquellas tierras, les adjudicaban, en la cabeza de los lugareños, el poder de concentrar las fuerzas del nacimiento y de la vida, el ímpetu y la vigorosa salud del orden y de las voluntades, en los grumos de silicatos que habrían de convertirse en los más codiciados amuletos, nació Giur.
Giur, hijo del hombre, vino al mundo con el fin de la talla del mayor de los granates conocidos, aquél que habría de entregarse, junto con el niño, al Emperador Hij.
Los pétalos de setecientas ochenta y tres amapolas y dos nardos, tirados al viento, en la hora del primer anochecer, y retirados al alba siguiente, del mismo día del alumbramiento del hijo del Emperador, así lo requerían.
Para la salvación del pueblo, tras la guerra civil, no bastaba la mono del futuro monarca; tendría que tener un sabio a su lado, un consejero que respirase su mismo aire, cada noche, y bebiese su misma leche, cada mañana, desde el primer día de su vida.
Todas las doncellas en edad fértil de Esquira fueron llamadas a las puertas del palacio Imperial, en la llanura de Yuy, setecientas ochenta y cinco fueron contadas.
Cuando el primer vástago del Emperador Hij llegó al mundo, se verificó la virginidad de las congregadas, dos no pasaron la prueba, y quedaron fuera. Setecientas ochenta y tres fueron recibidas por los hombres de palacio durante el espacio de tres meses. De todas ellas sólo cincuenta y una quedaron encinta.
En las cuevas de Atilava se encontraba el artesano encargado de la futura joya, con el encargo de darle forma, a la milagrosa piedra, a lo largo de las lunas, desde la llegada de las afortunadas.
Ciento dos sirvientes se encargaban de suministrar comida y agua, dos por cada muchacha, teniendo prohibido el contacto con cualquier humano que no fuese su protegida.
Los doscientos sabios del Emperador Hij alimentaban los fuegos, con troncos resinosos y hojas de romero, por turnos de siete. Todos ellos imploraban la sana llegada del retoño, y todos deseaban que su turno les diese cabida, por el designio de las llamas, a escuchar el llanto, del primer neonato, mientras miraban las ascuas de sus maderas, ya que aquél sería el signo de los educadores del nuevo sabio.
Fue a las tres horas del amanecer del día siguiente a las siete lunas y tres noches de la ocupación de las cuevas de Atilava, cuando, la primera moza parturienta, dio a luz a Giur.
Mala fortuna que hubiese sido hombre, siendo el turno de cinco mujeres las que se hallaban mirando sus brasas, el noble artesano dio punto final, a la estrella roja, con el primer llanto de Giur; pero saliendo con ella a la luz de la mañana, el primer rayo de sol que refulgió en el amuleto, iluminó la frente del recién nacido trocando en serenidad su atavío.

Y así Giur, hijo del hombre, fue elegido sabio del Imperio, trasladado de inmediato junto al hijo del Emperador Hij, para respirar cada noche de su mismo aire y beber cada mañana de su misma leche, con siete sabios encargados de su futura educación, de los cuales cinco fueron mujeres, con la mayor estrella de granate terminada, con el brillo incandescente, en la mirada, de las llamas del Astro Sol, sobre las montañas de Aruel y con el calor de las lumbres causicas de las gentes de Esquida en su habla.
La cosa se nos fué de las manos, pero continuamos

La sombra

La amistad de sus ojos era tozuda, y al alzar las cejas se movían marionetas en su boca.
De oler se encargaba una intrépida nariz, columpio desacompasado, péndulo absurdo sobre la abundancia que todo intentaba taparlo.
Aún recuerdo la ausencia de su sombra, que jamás le acompañaba; un día me enseñó postales dónde se observaba, con mucho sol, un par de margaritas y alguna rosa, unas con aderezo, la otra no. Allí se había marchado la obscura de vacaciones.
Como quería ser serio hasta la corbata le sobraba y, bien anudada en su percha, cada noche, en el ropero, la abandonaba

Lluvia en el verano de la ciudad

luvia de incertidumbre estacional, de amanecer obscuro, la primavera está sujeta con un clip aún a este verano tuyo. 
El cielo no puede adjetivarse azúl, parece grisaceo, papiro obscuro.
El agua transparente escribe sobre los barcos que forman la hojarasca actual, colillas sin preludios en esta ciudad, que te hecho de menos, aunque sea viendote llorar.

desapareciendo

algunas veces me imagino los sueños como la reconciliación con Dios, una suerte de dialogo en el que reconozco su existencia. Un buhó se posa en la almohada cuando cierro mis ojos, quiere llevar mi espíritu volando por los cielos, hasta que se desintegre fundiendose con lo uno, bello y abstracto.
"todavia me pregunto que mas habra que preguntarse la proxima vez
Te amo y aún no lo sabes, pero date prisa que me siento tan sola porque ni siquiera apreces en mis sueños

movimiento


Frente a la estación del tren las hojas de los árboles se acariciaban unas a otras, aprovechando las palmadas del viento, y la que estaba más cansada, después de una larga vida de contemplación, aprovechó su último aliento para descender planeando sobre la mejilla de Eulalia.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo mientras la suavidad de la extraña surfista se deslizaba desde el rosado presagio de la cara de la mujer, por el cuello y hacia el pecho. La complicidad del aire la dejó allí prendida.
La mano de Eulalia cogió la hoja y todo lo que el roce había ido despertando en su alma de pronto se iluminó con una mirada

La lluvia pasada

LLovía a baldes, nosotros eramos, nos sentiamos lo seres más afortunados del universo, yo la envolvía con mi gabardina mientras ella con la mayor de las inocencias y completamente confiada posaba la mano sobre mi pecho latiente.
Mi casa estaba aún muy lejos y el deseo de hacerla mía era algo que me desbordaba; a duras penas, mientras caminabamos por aquella acera sucia y mojada y con los adoquines destartalados, ella conseguía infundirme la serenidad y la confianza necesarios para el momento que habría de llegar; pronto, lo más pronto posible, gritaban mis nervios, y ella, cogiendome con sus dulces manos a ambos lados del cuello, chocaba su cabeza contra la mía fundiendome con su mirada. Una eternidad esperaría por ella, por aquella promesa de sus ojos que me esclavizaba y dominaba por completo.
En aquella situación la excitación era tál que apenas era consciente del frio y de la tela empapada de aquel aguacero.
La intensidad de la luz blanca, que las nubes dispensaban y dispersaban a su antojo, ayudaba a hacer crecer el ambiente místico de aquella tarde, casí fantasmagoríco, en la agonía del deseo contenido, que con tanta precisión se grabaría fotograma a fotograma en mi memoria.
No sé Manolo, ahora ella está siempre distante, hace mucho de aquella primera vez, de aquel apoyo que me prestaba. La Diosa que ví en ella, la que satisfaccía cada uno de mis sueños, esa mujer... Siento que ya no le pertenezco, que me ha tirado cómo un clinex, que accedió a casarse conmigo pero núnca estuve a la altura de sus expectativas.
A veces me planteo dejarla, dejarla volar libre en ese magnifico vuelo que , sueño, sólo ella podría dibujar en el cielo. La veo irse con la serenidad de su perfección, convirtiendo mis sentimientos en una mezcolanza de orgullo y humildad, por haber sido tocado por ella; pero entonces, recuerdo ese primer día, esos enormes ojos que me decían: "Toda tuya", recuerdo la promesa de seguir con ella ante la adversidad, y no puedo, simplemente no puedo abandonarla.
Ella ha sellado mi destino, siempre juntos, cómo un simple clinex abandonado a la suerte de su presencia indiferente, abandonado a la suerte del mendigo de sus caricias, de sus besos, cómo un pordiosero en busca de las migajas que quedan de todo lo que un día me dió.
Ojalá volviese a llover a baldes esta tarde. Ahora tán sólo dejame hundirme en la presencia de los recuerdos, presentame la copa que me haga olvidar la desdicha de la realidad y dejame fundirme con la blanca luz que dispensan y dispersan las eternas nubes de aquélla fantasmagórica, triste, dulce, eterna tarde del olvido de su abrazo.

La canica

En el parque del Oeste, un grupo de niños jugaba a la pelota. A un par de metros de los árboles que hacían las veces de portería, había un niño sentado en el césped...

Nacho miraba absorto la canica que le había regalado su abuelo. Era una canica de cristal transparente, ni amarillento ni verdoso, completamente transparente. En el centro tenía láminas opacas de colores, como tantas otras canicas, verdes, amarillas, blancas e incluso una azul. Pero lo que más llamaba la atención de Nacho, era la colocación de aquellas vetas en aquella canica. Era una canica especial: se la había regalado su abuelo.

Los gorriones y verdecillos aleteaban entre las ramas verdes, pero él seguía mirando aquella bolita vidriosa. Entre todas las canicas que habían pasado por sus manos, pocas eran de cristal transparente. En algunas se podía imaginar un bello paisaje a través de sus vetas; una playa con cielo azul, o un pasto con cielo blanco. En esta canica, en todas y cada una de las combinaciones de vetas que podía ver, era posible imaginar un lugar que explorar y dónde perderse.

-¡Nacho! Venga. Vamos a casa. - Le gritó un anciano. Y Nacho, obediente, se levantó del césped, se metió la canica en el bolsillo y se acercó a su abuelo.

Hacía buen tiempo y apetecía pasear, por eso habían salido. Por eso y porque el abuelo, decía que, los misterios de sus arrugas, necesitaban la oportunidad de irse a vivir a las montañas; pero que, para poder hacerlo, tenían que verlas primero.

"-Mira lo que hacen estos misterios. Estas venas azules que se ven aquí, allá serán como ríos." Eso era lo que decía el abuelo cuando Nacho se preguntaba a qué se referiría.

Al final, Nacho, entendió que un misterio es un misterio; y que el abuelo, por ser mayor, debía entender mucho más sobre esas cosas. Se contentaba con imaginarse que la cara de su abuelo, al que quería mucho, era tan grande cómo la cordillera del horizonte.

Como los padres de Nacho eran unas personas serias y muy formales, se pasaban el día trabajando y cuando volvían a casa, se traían, como él, los deberes. No iban a pasear con el abuelo y él, porque además tenían que cuidar de todo, para que no faltase de nada.

Hoy era domingo, no tenía que ir al colegio, así que podía estirarse cómo sólo él sabía y disfrutar del tiempo libre. Su madre andaría limpiando a fondo la cocina y su padre estaría intentando ayudarla; aunque siempre acababa liándolo todo, se le daba mejor la plancha.

Ellos nunca tenían tiempo, así que, a él, entre semana, le iba a recoger del colegio una muchacha del edificio, llamada María, que de vez en cuando llegaba puntual. La mayoría de las veces le tocaba esperarla quince o veinte minutos, en la puerta de la clase, pero cómo siempre le traía una piruleta, no se quejaba nunca.

Algunas veces, cuando la chica llegaba realmente tarde, le llevaba a la tienda de Manuel, allí compraban una bolsa de arroz inflado y después iban corriendo a casa. Otras María, le contaba algún cuento, pero eran todos repetidos y casi se los sabía de memoria.

Nacho tenía dos amigos en clase, con el resto siempre andaba peleando, pero no le regañaban casi nunca porque siempre llevaba razón. A ninguno de ellos le enseñó la canica nunca, ni siquiera a María.

Al mediodía, la mesa siempre estaba puesta, cuando terminaba de comer, se encerraba en la habitación y soñaba con viajar, a lugares que tuviesen aquellos paisajes que tanto se parecían a las vetas de las canicas. Le gustaba imaginarse en el desierto amarillo y abrasador, o en el Ártico, cubierto de pieles, como salían en los documentales las personas que iban allí.


El rio

Paseamos: Me alagas y me enganchas,
cogida de tus dedos, punta con punta.

Dudas y risas: De tus ojos un guiño.
Te miro y me escondo, en tus laberintos,
de palabras nuevas, de sus sonidos.

Me gusta tu lengua: de enredadera,
acarcias un filo, en mis oidos.

Tu boca dibuja: arma de cupido.
Me quieres cazar, esta si que es buena,
con sabores viejos, con aquellos ritos.

Me gustan tus bailes: de vieja escuela,
rodeas un bache, en mi equilibrio.

Infieres el aire que yo respiro.
Tiemblo y me asombro, también suspiro.

Me gusta tu par de ojos: caza-gacelas,
humedeces un rio en mis sentidos.

ojo por ojo


Entré por la puerta de atrás de tus silencios, cuando traspasé a la cocina, quedé encantada con olores de jengibre y albahacas. Era tal la fuerza que aquellos aromas infundían en mi imaginación que quise poseer la receta de tus pociones.
Fue un acto de osadía, lo admito, pero quiese desvelar el misterio entero, no pude retenerme, lo lamento: Puse mi oreja contra la puerta intentandoescuchar tus secretos. La música más celestial me transformó en uno de esos entes etéreos, movido solamente por la voluntad de aquella, despojada, yo, de la consciencia, incluso de mi cuerpo.
Cuando apenas salida del tance, observé la luminosidad del jardín, me di cuenta de que estaba en un aprieto. Me dirigí entonces hacia la entrada, entendiendo lo fácil que era saber que había estado en tu casa, incómoda con mi propia presencia, así de descarada. Me resigné a salir por el camino, dónde está el abeto.
Si, toda la culpa fue mía: Olvidé cerrar la entrada delantera, con el despiste, y, al intentar escapar de lo probable, dejé una constancia ineludible. Pero aún así no lo entiendo. Al volver a mi casa, te encontré entre mis setos, y con aquella sonrisa me dijiste: "Ojo por ojo y hasta el día siguiente" No podía esperar que, en mi salón, junto a una botellita de gallego aguardiente, un besuguito aún caliente y una tuba impertinente, iba a encontrame de orquídeas tu ramillete.